Cada clic, cada pausa, cada desplazamiento queda registrado. Con esos datos se construye un perfil tuyo que decide qué ves, qué te ofrecen y qué puertas se te cierran. Eres absolutamente controlado y no es ciencia ficción: ocurre ahora, en todas partes, sin que puedas saberlo ni evitarlo. ¿Quién controla esa información y con qué fines? Mientras lo jurídico ya no puede hacer mucho, el poder algorítmico te gobierna sin pedir permiso. Frente a esto hay que recordar a Deleuze: «No hay lugar para el temor ni para la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas».
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