El teatro nos hacía sentir juntos. El cine nos enseñó a mirar con distancia. Las redes sociales nos han dejado solos frente a un algoritmo que capitaliza nuestras emociones. Aquí se traza el recorrido histórico de esta deriva, donde vemos una progresiva emancipación del afecto junto a una mayor presencia de lo técnico. Las preguntas son: ¿quién dirige ahora la economía afectiva? ¿Y qué tipo de sensibilidad estamos forjando en el vértigo de la pantalla táctil?
¿Es el algoritmo el nuevo director de cine, pero sin talento y sin alma? ¿Tu selfie es un afecto puro o sólo un dato para alimentar a la bestia? Si Deleuze veía en el rostro un mapa de intensidades, hoy los filtros lo convierten en un catálogo de gestos estandarizados para el like. Sean bienvenidos al espectáculo de la vigilancia, donde eres actor, productor y espectador al mismo tiempo. La pregunta es: ¿hay alguien realmente al volante?
¿Y si tus emociones fueran sólo combustible para el algoritmo? Byung-Chul Han lo tiene claro: lo digital es un medio del afecto. Pero lo que viraliza no es la empatía sino la descarga del inconsciente: indignación que arde en dos horas, risas que se olvidan al deslizar el dedo. El sentimiento auténtico, el que permanece, no tiene ninguna cabida en el feed. La red te conecta a través de descargas eruptivas donde al final lo único que permanece es una sensación de vacío.
¿Qué queda de la empatía cuando el corazón se convierte en un emoji? Berardi lo llama mutación conectiva: hemos cambiado la ambigüedad del cuerpo por la eficacia del código, el abrazo por el like, la conjunción por la conexión. La pregunta ya no es si sentimos más o menos, la pregunta es si en el mundo digital tenemos margen para un sentir genuino.
El aura ha muerto. La hemos matado a golpe de like, la diseccionamos en streaming y ahora la vendemos en NFTs como reliquias abstractas. Porque no es que el aura se haya perdido: es que la hemos reemplazado por un fantasma, por un efecto espectral de autenticidad, que brilla lo justo para robarnos nuestra atención.