En los días previos al eclipse de este mes de Agosto, el rumor que recorría la localidad burgalesa de Lerma era que Elon Musk había alquilado el parador nacional al completo para presenciar el eclipse total de Sol, con 140 especialistas de SpaceX. –ver noticia aquí–. Sin embargo, fuentes confidenciales a las que ha tenido acceso rizomáquina, nos han desvelado la verdadera intención de este evento: el magnate no vino a mirar al cielo, sino a conjurar un poderoso falo para él mismo, en un ritual místico-satánico que combina cirugía plástica, inteligencia artificial, rituales astrológicos y las oscuras teorías de la ya disuelta Cybernetic Culture Research Unit (CCRU), la unidad de investigación fundada por Nick Land en la universidad de Warwick y creadora del aceleracionismo.
¿Pero por qué quiere Elon Musk un falo?
Según documentos filtrados del CCRU, existen dos versiones sobre el origen de su problema. La primera, nunca confirmada, sostiene que Musk nació mujer —lo que en buena medida explicaría su aspecto andrógino— y que su transición no fue por disforia de género al uso, sino por disforia fálica: una obsesión tan profunda por los cohetes que necesitaba poseer un falo propio para, literalmente, «ser el cohete». Nadie lo sabe con certeza, porque Musk nunca lo ha aclarado y sus biógrafos se contradicen.
Una segunda versión, quizá más acertada, asegura que siempre tuvo un micropene y que, como magnate caprichoso acostumbrado a tener lo mejor de lo mejor —el coche más rápido, el cohete más grande, el tuit más visto—, no podía tolerar ser el único multimillonario del planeta con un miembro viril tan ridículamente pequeño y feo. Necesitaba el falo más grande, el más sexy y poderoso del mundo. Y el caso es que ningún cirujano de Beverly Hills era lo suficientemente bueno para arreglar tal estropicio.
«Siempre le gustaron los falos», confiesa un exmiembro del CCRU bajo anonimato. «Pero no cualquier falo. El falo solar. El que conecta con Ra, el dios Sol egipcio, la fuente de toda energía. Por eso el eclipse: es el momento en que el Sol se oculta para renacer, como un pene que se retira y vuelve a aparecer. Todo encaja».

¿En que consistió el ritual? Cirugía transhumanista, un poco de satanismo, y mucha hiperstición
El Parador de Lerma, ese palacio del siglo XVII donde el duque hacía fiestas con enanos, se convirtió en el escenario de un ritual de tres fases. Los 140 «especialistas» que acompañaban a Musk no eran ingenieros aeroespaciales, sino un aquelarre de ingenieros satánicos entrenados por la CCRU, ese colectivo de filósofos aceleracionistas que Musk descubrió en sus años de LSD y que ahora utiliza para justificar sus delirios.
1. Cirugía transhumanista: Musk se habría sometido a una operación de afirmación fálica en el propio hotel, con quirófano montado en una de las 84 habitaciones. Pero no una cirugía convencional: el nuevo miembro estaría impreso en 3D con nanobots y sincronizado con la IA Grok para responder a estímulos solares. Según los documentos, el falo «late al ritmo de los lanzamientos de Falcon 9». La operación falló dos veces porque Grok, su propia IA, no entendía el concepto de «erección» y sugirió que se usara un cable USB.
2. Satanismo digital: El CCRU siempre tuvo un pie en el ocultismo. Durante el minuto y 45 segundos de oscuridad total del eclipse, los 140 aquelarristas entonaron cánticos extraídos del Numograma —el sistema de invocación de demonios creado por el colectivo— mientras Musk cerraba los ojos y repetía: «Si lo crees con suficiente fuerza, se vuelve real». Exactamente el mismo argumento que usa para vender sus promesas de colonizar Marte para 2030. El objetivo: sincronizar el nuevo falo con la «hiperstición», esa idea de que las ficciones se vuelven reales si se creen con la suficiente fuerza.
3. El dios Sol y el falo cósmico: La obsesión de Musk por los cohetes no es más que una compensación fálica a escala galáctica. Cada lanzamiento de SpaceX es, en realidad, una ofrenda al dios Sol para que bendiga su miembro. «Un cohete es un falo que atraviesa el cielo», explica el documento. «Musk quiere ser el Sol, y para eso necesita un falo que lo conecte con él». Cree que si tiene un falo suficientemente grande, podrá cabalgar el astro rey y ser él mismo el Sol. La ketamina hace estragos incluso en una de las personas más ricas del planeta.
El ritual finalmente fracasó: el falo solar ni está, ni se le espera
Musk ya no está. Se ha disuelto en su propio delirio, convertido en un ente cibernético que vive entre tuits, ketamina, cohetes y prótesis fálicas defectuosas. Según las fuentes consultadas por rizomáquina, el ritual salió realmente mal. El falo solar se desactivó al tercer día porque Grok, la IA que Musk insiste en que salvará la humanidad, interpretó los impulsos del nuevo miembro como «spam» y lo bloqueó. Después intentó convertirlo en una imagen de un gato con sombrero. Luego se disculpó y dijo que era «un tema complejo». Nadie sabe cómo funciona Grok. Ni siquiera Grok. «Elon siempre ha sido un cohete buscando su falo», nos dicen fuentes cercanas. «Y el eclipse de Burgos era la clave. No vino a ver el Sol. Vino a ser el Sol mismo. Pero el Sol no quiso saber nada de él».
Peter Thiel: «Yo eso no lo toco ni con un palo»
Peter Thiel, amigo íntimo de Musk, inversor en sus empresas y orgulloso experto en penes reconocido mundialmente –tan orgulloso de ser gay como de ser americano–, fue a visitar a su amigo tras el evento. Quería ver el resultado del ritual, y quién sabe si quizá llevárselo a la boca. Pero al verlo, su reacción fue una mezcla de risa, compasión y asco. «Yo eso no lo toco ni con un palo», sentenció. Ante semejante rechazo, un Musk humillado habría respondido: «Pero si lo creo con la suficiente fuerza se volverá real». Ante lo cual Thiel le tuvo que responder: «No Elon, no. Esto no se vuelve real ni con toda la hiperstición del mundo».