Bienvenidos al semiocapitalismo, donde el verdadero sentir ya no es rentable
Cuando hablamos de redes sociales, entre otras cosas, estamos hablando de cómo ha cambiado la comunicación humana bajo la digitalización. Aquí resulta muy útil el pensamiento de Franco Berardi, quien en su obra Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva (2017), analiza la transformación de la sensibilidad y la comunicación en la era digital diferenciando dos modos: el conjuntivo y el conectivo.
La comunicación conjuntiva se refiere al intercambio entre seres humanos de forma presencial, donde se da una comunicación más corporal que se presta a una cierta ambigüedad. Es el tipo de interacción cara a cara, orgánica, llena de matices no verbales, interpretaciones implícitas y afectos compartidos. La conjunción es semántica y sensible, privilegia la interpretación empática de significados y genera un encuentro singular entre las subjetividades, a menudo creando significados nuevos en el proceso. No hay un diseño predefinido para la comunicación: de lo que se trata es de descubrir cuál es el objeto común de interés y atención de los participantes. En la conjunción los individuos se fusionan parcialmente en la comunicación produciendo una especie de subjetividad colectiva. La comunicación podrá ser exitosa si se da una cierta resonancia afectiva entre los participantes, lo que de algún modo confirma que existe un vínculo.
Por contraste, la comunicación conectiva es la interacción mediada por códigos formales y dispositivos técnicos, típica de la era digital. Implica mensajes estandarizados, sintácticamente compatibles entre sí y transmitidos en formatos unívocos. Aquí la ambigüedad y la vibración emocional se reducen, dado que el sistema exige claridad y compatibilidad antes que profundidad semántica. Berardi señala que “para que la conexión sea posible, los segmentos deben ser lingüísticamente compatibles” (2017) lo que, a diferencia de la comunicación conjuntiva, sugiere un diseño previo al que los participantes han de adherirse necesariamente. Aquí no caben los matices ni queda mucho lugar para la interpretación abierta. Es una “concatenación operativa entre agentes de significado (cuerpos o máquinas) previamente formateados de acuerdo con un código” (Berardi, 2017). Por ejemplo, rellenar un formulario digital o reaccionar a una publicación con un like son actos conectivos: predeterminados, estandarizados, iguales para todos los usuarios. La sociedad perfecta del gesto vacío: todos pulsamos el mismo botón pero nadie dice nada genuino. La conexión no produce una nueva subjetividad colectiva, y su éxito se mide en términos de funcionamiento técnico más que en la riqueza de la experiencia. Tras la interacción conectiva, cada elemento permanece separado y no transformado por el contacto, a diferencia de la fusión temporal que puede darse en la comunicación conjuntiva. La consecuencia de todo esto es una limitación de la experiencia afectiva, y una progresiva erosión de la empatía en los seres humanos.
El like no es un abrazo, es un formulario con forma de corazón
Berardi sitúa históricamente la mutación desde el predominio del modo conjuntivo al conectivo a partir de finales del S.XX, con la llegada de la digitalización masiva y la irrupción de lo que él denomina como “semiocapitalismo” (Berardi, 2017): un capitalismo semiótico centrado en los signos y en la comunicación, siendo la primera economía de la historia que cobra por explotar directamente nuestra atención y nuestros afectos. Lo crucial es que “cuando la conexión reemplaza a la conjunción en el proceso de comunicación entre organismos vivos y conscientes, se produce una mutación en el campo de la sensibilidad, de la emoción y de lo afectivo” (Berardi, 2017). Es decir, que la sustitución de interacciones cara a cara por interacciones mediadas digitalmente, transforma la manera en que sentimos, recibimos y transmitimos nuestros afectos. La comunicación humana queda así empobrecida, pero esto tampoco significa que dejemos de tener emociones en lo digital. Lo que se da es una reconfiguración de nuestras emociones al expresarlas de forma estandarizada, mientras que la ambigüedad queda filtrada por una serie de códigos técnicos. La sensibilidad humana sufre así una transformación en un entorno donde la eficacia sintáctica importa más que la resonancia empática y semántica.
Definida la bifurcación entre conjunción y conexión, y si pasamos al campo del arte ¿podemos trazar entonces un debilitamiento de la empatía desde el teatro al cine, y de éste a lo digital? En buena medida, sí. El teatro, con su carácter aurático y su irrepetible aquí y ahora, se sitúa todavía en el terreno de la conjunción: se trata de comunicación presencial, ambigua y abierta, donde la copresencia corporal favorece una cierta resonancia afectiva que va desde el actor hacia el espectador. En el cine, en cambio, la experiencia del espectador se vuelve más crítica y distraída –tal y como hemos visto con Benjamin en el microensayo sobre el aura digital– y la relación con el actor queda mediada por la cámara. En cierto sentido, podemos decir que el cine ya anticipa la transición hacia el modo conectivo: fragmenta la experiencia y la reconfigura según un código técnico que ya debilita la empatía. Lo digital, finalmente, consolida ese pasaje al terreno de la conexión. En las redes sociales no sólo se fragmenta la comunicación, sino que ésta es traducida a operaciones predeterminadas (likes, emojis, métricas) en las que la emoción queda estandarizada y expresivamente limitada.
Del teatro al móvil se dibuja una lenta asfixia de la empatía
De este modo, la mutación de la sensibilidad descrita por Berardi no se entiende como un simple empobrecimiento progresivo, sino como un cambio de paradigma comunicativo: del modo conjuntivo propio de las relaciones cara a cara, donde la empatía se funda en la presencia y en la ambigüedad de la interacción; al modo conectivo que caracteriza lo digital, donde la empatía se reduce a gestos operativos compatibles con el código técnico. Así las cosas, Berardi muestra una gran preocupación por esta transformación, y trata de profundizar en las consecuencias que la velocidad y la densidad propias de la comunicación conectiva tienen para la sensibilidad. En este contexto de hiperconexión constante:
“la infoesfera se ha hecho más rápida y densa, y la proliferación de infoestímulos ha sometido la sensibilidad a un estrés mutagénico. Debido a la intensificación de señales electrónicas, la aceleración de la infoesfera está arrastrando la sensibilidad al vértigo de la estimulación simulada. Esto conduce a una reconfiguración de la percepción del otro y de su cuerpo” (Berardi, 2017)
La mutación conectiva supone una transformación profunda del modo en que percibimos y sentimos bajo la presión de la aceleración comunicativa. La sensibilidad “puede ser definida como la facultad que le permite al organismo procesar signos y estímulos semióticos que no pueden ser verbalizados o codificados verbalmente” (Berardi, 2017) Es decir, está vinculada a todo aquello que en la comunicación desborda el lenguaje y que sustenta la resonancia afectiva: los tonos, los silencios, las ambigüedades, las presencias. Sin embargo en la tecnoesfera digital esta facultad se ve erosionada. Como advierte Berardi “la estimulación intensificada trastorna la elaboración emocional de significado” (2017), lo que implica que los signos circulan a tal velocidad que ya no pueden ser procesados de manera afectiva y estable. La aceleración propia del semiocapitalismo penetra en lo más íntimo de la percepción y, en lugar de ampliar la experiencia sensible, lo que produce es una contracción de la misma. El tiempo necesario para una elaboración afectiva consciente ya no existe y esto deviene en una pérdida de sensibilidad. La vibración ambigua propia de la conjunción es sustituida por una secuencia de estímulos que demandan respuestas rápidas y automáticas, lo que favorece la introducción de una serie de automatismos en nuestra psique que siempre serán compatibles con el código técnico del sistema.
Estamos demasiado ocupados reaccionando mientras que el algoritmo nos fríe los nervios
En este contexto la sensibilidad no es que desaparezca, sino que se reconfigura bajo un régimen de excitación constante que en muchas ocasiones es difícil de soportar. El organismo se ve indefenso y envuelto en un flujo semiótico que lo somete a una tensión continua. Ante este flujo, la única reacción posible se da “a través de la adaptación, la desconexión o la patología” (Berardi, 2017). La aceleración que condiciona el sistema psíquico del individuo provoca una reducción notable de su capacidad afectiva. Por lo tanto, la mutación conectiva no sólo debilita la empatía como tal, sino que esta debilitación es el fruto de una alteración en la temporalidad de la experiencia afectiva. En lugar de prolongarse en una elaboración compartida, la emoción se pliega sobre sí misma sin encontrar un lugar sobre el que asentarse.
El sentir auténtico y pausado se ha convertido en poco más que un bug del sistema. Apostar por lo humano es, desde ya, el mayor acto de sabotaje emocional que se puede hacer.