El medio digital como medio del afecto eruptivo

¿Y si tus emociones fueran sólo combustible para el algoritmo? Byung-Chul Han lo tiene claro: lo digital es un medio del afecto. Pero lo que viraliza no es la empatía sino la descarga del inconsciente: indignación que arde en dos horas, risas que se olvidan al deslizar el dedo. El sentimiento auténtico, el que permanece, no tiene ninguna cabida en el feed. La red te conecta a través de descargas eruptivas donde al final lo único que permanece es una sensación de vacío.

¿Puede un medio hiperconectado ser también un espacio de soledad afectiva?

Tras haber visto con Franco Berardi una mutación en la sensibilidad y la consiguiente erosión de la empatía dentro del ecosistema digital, encontramos un aparente contrapeso en las reflexiones de Byung-Chul Han quien, a priori, nos puede generar bastante confusión. En su obra En el enjambre (2014) Han sostiene que “la comunicación digital hace posible un trasporte inmediato del afecto. En virtud de su temporalidad, transporta más afectos que la comunicación analógica. En este aspecto el medio digital es un medio del afecto” (Han, 2014). Y añade que: “la comunicación digital no sólo asume forma de espectro, sino también de virus. Es infecciosa porque se produce inmediatamente en el plano emotivo o afectivo” (Han, 2014).

¿Cómo es posible que se defina el medio digital como un medio del afecto? ¿No es precisamente la rápida temporalidad del medio digital, la que limita la amplitud de nuestra experiencia afectiva y sensible? ¿Cómo conciliar estas proposiciones con el diagnóstico de debilitamiento empático que hemos visto con Berardi?

Para dar respuesta a estas cuestiones y comprender qué entiende Han cuando habla de “medio del afecto”, es necesario atender a una distinción más precisa entre los distintos modos de la sensibilidad humana. Esta distinción la podemos encontrar en su obra Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (2014), donde hace una diferenciación entre afecto, emoción y sentimiento, proporcionando así un marco más detallado que nos permite interpretar la paradoja del afecto digital. Según Han, el debate contemporáneo sobre lo sensible se encuentra lastrado por una confusión de términos: “en unas ocasiones se habla de emoción; en otras de sentimiento o de afecto” (Han, 2014) Cada uno de ellos, sin embargo, remite a una forma distinta de experiencia afectiva, con temporalidades y funciones diferentes.

No todos los afectos son iguales: la duración lo es todo y en la red no hay tiempo para nada

El sentimiento se caracteriza por su duración y su capacidad de sostener una narración. Han lo define como constatativo, porque constata un estado que se prolonga en el tiempo y que puede traducirse en un relato compartido. “El sentimiento permite una narración. Tiene una longitud y una anchura narrativa. Ni el afecto ni la emoción son narrables” (Han, 2014). En este sentido, el sentimiento es lo que permite elaborar una experiencia sensible y compartirla a nivel colectivo de un modo afectivo. El sentimiento implica un mayor detenimiento, una mayor resonancia afectiva y una apertura hacia el otro.

La emoción, en cambio, es de naturaleza performativa. No constata ni sostiene un estado, sino que actúa, moviliza y cambia la situación. La emoción es breve, intensa y dinámica: aparece en un momento dado y puede modificar la conducta. Frente a la temporalidad prolongada del sentimiento, la emoción es fugaz y dependiente del contexto. No ofrece un relato continuo, sino un estallido de energía que produce un efecto inmediato:

“Las emociones son esencialmente fugaces y más breves que los sentimientos. Frente al sentimiento, la emoción no representa ningún estado. La emoción no se detiene. No hay una emoción de quietud. En cambio, sí se puede pensar en un sentimiento de quietud. El capitalismo de la emoción explota precisamente éstas cualidades. El sentimiento, por el contrario, no se deja explotar por carecer de performatividad” (Han, 2014)

Por último, el afecto es eruptivo: surge de manera inesperada, irrumpe sin finalidad clara, y se manifiesta como una especie de estallido puro de intensidad. Para Han el afecto no se orienta necesariamente hacia un objeto ni se traduce en una acción, es algo que simplemente acontece como una descarga eléctrica. Esta condición es lo que lo hace particularmente apto para la circulación en el ecosistema digital: el afecto eruptivo no necesita una narración, sino que simplemente le basta con ser expresado para propagarse viralmente. La clave aquí está en mostrar que lo digital privilegia los afectos y las emociones sobre los sentimientos. En el medio digital, la temporalidad acelerada del tuit y el scroll infinito favorece la emergencia de intensidades eruptivas y performativas, mientras que la duración necesaria para el sentimiento desaparece por completo.

“También el medio digital es un medio del afecto. La comunicación digital facilita la repentina salida de afectos. Ya sólo por su temporalidad, la comunicación digital transporta más afectos que sentimientos. Las shitstorms son corrientes de afecto” (Han, 2014).

La metáfora de las shitstorms, que el autor menciona recurrentemente en toda su obra y que literalmente significa “tormentas de mierda”, refleja con claridad la dinámica que se produce en lo digital: explosiones colectivas de intensidades afectivas breves que arrastran a miles de usuarios en una ola emocional descontrolada, pero que carecen de la consistencia narrativa y comunitaria del sentimiento. Basta con pensar en fenómenos como los linchamientos virtuales en twitter, donde un comentario desafortunado se convierte en trending topic en cuestión de minutos y genera una avalancha de indignación efímera que, tras unos días, se desvanece sin dejar una huella estable. O en los episodios de viralización súbita en TikTok, donde un gesto cualquiera es replicado millones de veces, produciendo un pico de atención global que desaparece tan rápido como surgió. De ahí que lo digital sea, al mismo tiempo, tanto un espacio de abundancia afectiva como de empobrecimiento empático. No se trata de que falte un sentir, sino de que éste ha cambiado por completo de naturaleza. La empatía, que exige demora y reconocimiento del otro, se ve erosionada por la circulación de afectos eruptivos y emociones performativas que se consumen en el acto mismo de su expresión. No construyen vínculos duraderos, sino oleadas virales que desaparecen tan rápido como surgieron.

Tus emociones, su combustible: el negocio de la intensidad efímera

Este análisis nos permite complementar y matizar el marco de Berardi con una cierta profundidad. Si Berardi había descrito el paso de la conjunción a la conexión como una mutación hacia la codificación y la pérdida de sensibilidad, con Han podemos profundizar en esa reconfiguración de lo sensible una vez que ya estamos inmersos en el entorno conectivo. Lo que se transmite en la conexión no son sentimientos prolongados, sino afectos y emociones adaptados a la lógica de los algoritmos: breves, repetibles, cuantificables e incluso monetizables. De ahí que Han hable de un capitalismo de la emoción: “El capitalismo de la emoción explota precisamente estas cualidades” (Han, 2014). Las emociones, al ser fugaces y performativas, pueden traducirse en métricas de atención, visibilidad y valor económico. Los sentimientos, en cambio, no resultan tan fácilmente apropiables: son pausados, estables, no generan una circulación inmediata, y no pueden reducirse a cifras fácilmente.

De este modo, podemos concluir que la paradoja planteada anteriormente ya queda resuelta: lo digital sí que es un medio del afecto, pero no de cualquier afecto. Se privilegia el afecto eruptivo y la emoción performativa, porque son compatibles con la velocidad del flujo digital y con la lógica de explotación del sistema. Lo que se pierde es el sentimiento, que requiere lentitud y narración. La consecuencia para la experiencia colectiva es clara: la colectividad ya no se construye sobre distintas narraciones compartidas, sino sobre tempestades afectivas breves y repentinas que, aunque intensas, carecen de la permanencia y solidez necesarias. Lo digital multiplica los afectos, pero al hacerlo los reduce a meras intensidades carentes de relato. La empatía se erosiona pero no porque no haya afectos, sino porque los afectos que circulan son demasiado fugaces y superficiales como para sostener un vínculo duradero.

A partir de la distinción que Byung-Chul Han traza entre sentimiento, emoción y afecto, podemos extraer una serie de implicaciones y derivaciones. Si además tenemos en cuenta el esquema básico que Freud esboza en su primera tópica para explicar el funcionamiento del sistema psíquico (Freud, 1900), podemos plantear un esquema como el siguiente:

Este esquema parte de la siguiente premisa: ante cualquier estímulo externo, lo primero que irrumpe es siempre un afecto –una descarga bruta e inmediata–  el cual, bajo determinadas condiciones, podrá llegar a transformarse en emoción, y excepcionalmente en sentimiento. Dicho de otro modo: tanto la emoción como el sentimiento son primero un afecto, que posteriormente ha conseguido transformarse al traspasar distintas capas de elaboración. ¿Y de qué depende esta elaboración? Fundamentalmente de dos factores: el tiempo y el acceso al sistema consciente. Ante un estímulo cualquiera, reaccionamos de forma rápida e impulsiva estableciendo una comunicación directa con el inconsciente –y esto es algo que en el neuromarketing conocen muy bien–. Si ese afecto persiste en su estimulación, puede transformarse en emoción: una intensidad performativa que nos empuja a actuar sin que seamos plenamente conscientes de ello en ese momento –pensemos por ejemplo en una compra impulsiva online–. Finalmente, cuando la experiencia consigue asentarse y se produce una elaboración que le hace adquirir una narrativa, es cuando alcanzamos el sentimiento duradero, estable y plenamente consciente.  

El muerto que nos gobierna y nos enseña a reaccionar como él

Pero ojo: no todo afecto llega al sentimiento. Como ya hemos visto, en lo digital la mayoría se queda en una descarga eruptiva. En este sentido podríamos preguntarnos ¿la suma de descargas eruptivas superficiales llegan a generar algún tipo de sensación interna, aunque sólo sea por acumulación? Podríamos pensar que tras el atracón de afectos permanece un poso de confusión y culpabilidad, ante la imposibilidad de hilarlos de forma narrativa y coherente. Hay una dinámica pulsional y adictiva constante, una compulsión a la repetición que es una de las características principales de la pulsión de muerte (Freud, 1920). Porque el algoritmo te afecta sin afectarse y te contagia sus afectos maquínicos: intensidades vacías, probabilísticas, repetitivas, diseñadas para ser consumidas y descartadas. Pero no porque el algoritmo sienta, sino porque modula un entorno afectivo en el que tus pulsiones son disparadas para ser extraídas por él mismo. Y es así cómo te vas convirtiendo en un autómata violento y pulsional que intuye su propia descomposición: porque sin elaboración no hay narración, y sin narración no hay sujeto posible. Sólo quedan impulsos, descargas y pulsiones. El algoritmo como agente no-humano opera directamente sobre tu inconsciente, te expropia la energía psíquica, y te devuelve tu propia condición de sujeto quebrado. Aquí la apatía inducida ya no es una elección: es una imposición. Y la mera pulsión desbocada y repetitiva deviene necesariamente en adicción y contagio.

¿Qué queda de nosotros cuando ese agente no-humano y muerto, que es el algoritmo, nos incita a reaccionar como él: sin pausa, sin historia, sin nada? La buena noticia es que todavía estamos a tiempo de hacernos esta pregunta, pues el algoritmo aún no ha conseguido colonizar nuestra psique al completo. La mala noticia es que la velocidad no deja de aumentar en este sentido, y por lo tanto cada vez nos queda menos tiempo para dar una respuesta mínimamente humana.

Referencias:

Byung-Chul Han – En el enjambre. (2014)
Byung-Chul Han – Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. (2014)
Sigmund Freud – La interpretación de los sueños. (1900)
Sigmund Freud – Más allá del principio del placer. (1920)

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