El sujeto del rendimiento de Byung-Chul Han
Pese a diagnosticar el dominio absoluto de la Gestell sobre la técnica moderna, Heidegger aún conservaba una posible vía de salvación y citaba a Hölderlin para recordar que “donde hay peligro crece también lo salvador” (Heidegger, 1954). Byung-Chul Han, en cambio, parte de un diagnóstico mucho más pesimista y a través de sus reflexiones podemos entender que considera que el capitalismo digital no deja resquicio alguno para la salvación. Es desde este aparente pesimismo desde donde vamos a introducir su análisis sobre el sujeto contemporáneo para vincularlo con la Gestell digital.
Uno de los conceptos centrales en su obra es el llamado “sujeto del rendimiento” (Han, 2012), una noción que le sirve de base para desarrollar una crítica del sistema neoliberal, centrándose especialmente en su dimensión digital actual como un entorno donde tiene lugar una fusión entre técnica y política. Este sujeto es el protagonista de nuestras sociedades digitales actuales: alguien que se explota a sí mismo a la vez “que se figura que es libre” (Han, 2012). Esto es así porque ya no obedece a una prohibición externa, sino que se autoexplota bajo un imperativo positivo y aparentemente libre, que se manifiesta en la forma del “tú puedes”:
“El sujeto del rendimiento no está sometido a ninguna instancia externa de dominio que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. No se subordina a nadie, o en todo caso a sí mismo. En eso se distingue del sujeto forzado a obedecer.” (Han, 2012).
Han explica que aunque esa dominación externa haya desaparecido, la violencia no lo ha hecho y se ha vuelto algo más interiorizado: el sujeto, creyéndose libre, se mide, se exige, y se sanciona a sí mismo con la misma severidad que antes procedía del exterior. Esta violencia interna deriva necesariamente en cansancio, fatiga, y en una serie de patologías neuronales como la depresión o el síndrome de burnout:
“El explotador es al mismo tiempo el explotado. Las víctimas ya no se distinguen de los verdugos. Esta autorreferencialidad da lugar a una libertad paradójica, que con las estructuras coercitivas inherentes a ellas se torna violencia. Las enfermedades psíquicas de la sociedad de rendimiento son, justamente, manifestaciones patológicas de esta libertad paradójica.” (Han, 2012).
En este sentido, el sujeto del rendimiento se define ante todo por su disponibilidad constante: es lo dispuesto –en el sentido heideggeriano– , aquello que permanece siempre a disposición del sistema técnico para ser activado, calculado y explotado en cualquier momento. Sin embargo, esta autoexplotación así descrita corre el riesgo de entenderse como algo puramente inmanente al sujeto, como si la fuente última de esta exigencia procediera exclusivamente de su interioridad.
Provocación a la exposición en la Gestell digital
En este punto, resulta pertinente reintroducir el concepto de la Gestell heideggeriana en su versión digital. El sujeto del rendimiento no se autoexplota como algo aislado y autosuficiente, sino que es provocado a hacerlo por un entorno digital y algorítmico diseñado precisamente para mantener esa autoexigencia: notificaciones, métricas, contenidos propios y ajenos, y en definitiva una estructura tecnológica montada exclusivamente para incitar y fomentar la interacción constante. Se trata de una “estructura de emplazamiento” que provoca deliberadamente al sujeto para que emita datos e información, en una dinámica donde la extracción de energía psíquica termina por producir sujetos agotados y neuronalmente afectados.
Cabe ahora preguntarse entonces: ¿en qué consiste esa autoexplotación a la que el sujeto es provocado por la Gestell digital? Fundamentalmente, consiste en la producción constante de datos e información a través de la exposición. El sujeto del rendimiento se ve obligado a exponerse y a generar continuamente contenido visible sobre sí mismo, a rendir cuentas públicas sobre su actividad, su cuerpo, su productividad, su estado de ánimo y, en última instancia, a convertir cada faceta de su vida en material mostrable y cuantificable. Esta autoexigencia se inserta en la dinámica circular del Darstellen-Vorstellen digital que conceptualizábamos anteriormente: un “hacerse aparecer” que, lejos de ser un momento de la póiesis antigua, se encuentra ahora capturado por la lógica algorítmica de una Gestell digital en la que lo técnico pasa a ser funcionalmente y por momentos el sujeto de la relación.
Darstellen digital
Lo que sucede en la técnica digital es que el sujeto del rendimiento, al exponerse y producir contenido sobre sí mismo, parece estar ejerciendo libremente un Darstellen en el sentido más originario del término, y vive su autoexposición como un acto de autoafirmación, de mostrarse “tal como uno es”, casi como una forma derivada de aquella póiesis antigua que dejaba aparecer algo en su verdad. Pero esta apariencia de póiesis es engañosa, ya que el Darstellen digital está diseñado desde su origen mismo para poner por delante un dato calculable: la propia interfaz, el propio formato de cada publicación y la propia arquitectura de la plataforma ya predeterminan de antemano qué puede aparecer y que no puede aparecer, y bajo qué forma cuantificable. El sujeto del rendimiento que se cree libre, se está moviendo dentro la lógica de una Gestell digital. Estamos ante una fusión donde el Darstellen ya nace dentro de la Gestell digital, y le ofrece al sujeto del rendimiento, como contrapartida, una experiencia subjetiva de autoexposición y libertad que no es tal.
Quizá sea esa apariencia de Darstellen genuino la que genere esa sensación de libertad que caracteriza al sujeto del rendimiento: al creer que se muestra a sí mismo libremente, el sujeto no experimenta eso como una coerción sino como una afirmación de su individualidad y su libertad. Y es esa misma convicción la que lo impulsa a colaborar activamente en su propia conversión en datos, es decir, en su propia objetivación.
Sociedad de la exposición: Darstellen… ¿o más bien Ausstellen?
Sin embargo, hasta ahora hemos estado hablando de Darstellen digital para nombrar esa operación de exposición que sirve a la Gestell digital en la generación y extracción de datos. Pero Byung-Chul Han no habla de Darstellen, sino de Ausstellen. Si recurrimos a su obra La sociedad de la transparencia (2013), encontramos que el segundo capítulo es traducido al castellano como “La sociedad de la exposición”. Pero si vamos a la versión original en alemán encontramos que este capítulo se llama Ausstellungsgesellschaft, un término que está construido entorno al verbo Ausstellen y que se puede traducir como exponer, poner o exhibir. Quizá sea este término, y no el Darstellen, el que mejor nombra la operación que venimos describiendo hasta el momento, ya que no se trata de un simple “dejar aparecer”, sino un exponer y exhibir orientado explícitamente a una mirada –en ocasiones obscena– por parte de los seres humanos, y orientado también al cálculo por parte del sistema técnico y los algoritmos.
Han explica en este texto que hemos pasado a una sociedad de la exposición donde “las cosas, convertidas ahora en mercancía, han de exponerse para ser” (Han, 2013). Esta lógica, que Han sitúa en el marco del capitalismo digital actual, puede leerse también desde la perspectiva heideggeriana como un síntoma de la Gestell: lo real solo cuenta en la medida en que puede ser expuesto y exhibido y, con ello, puesto a disposición del circuito de la atención y el cálculo. Han señala además que, en la sociedad de la exposición, “cada sujeto es su propio objeto de publicidad” y “todo se mide en su valor de exposición” (Han, 2013). Aquí el usuario ya no es sólo un agente que expone, sino que es él mismo quien se convierte en objeto de exposición en un gesto que ya está capturado y puesto al servicio de la Gestell digital. Además, esta nueva forma de exposición aniquila “el habitar” y “la cosa” en sentido heideggeriano: “La coacción de la exposición aniquila el habitar mismo […] También desaparece la cosa en el sentido de Heidegger” (Han, 2013). Lo que Han diagnostica como la disolución del habitar y la desaparición de la cosa es, en términos heideggerianos, la consumación del olvido del ser bajo la forma de la Gestell digital: el ente ya no se muestra en su verdad sino que es expuesto para ser consumido y procesado, y el hombre mismo, al exponerse, se convierte en un Bestand más dentro del engranaje de la disponibilidad.
Entre el Big Data y el proceso de «des-represión» digital
Si nos acercamos al texto de Byung-Chul Han Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (2014), podemos ver el resultado que se genera en esta dinámica de autoexposición constante: “Hoy se trata a los hombres y se comercia con ellos como paquetes de datos susceptibles de ser explotados económicamente. Ellos mismos devienen mercancía” (Han, 2014) y de forma aún más rotunda: “la persona misma se positiviza en cosa, que es cuantificable, mesurable y controlable […] El Big Data anuncia el fin de la persona y de la voluntad libre” (Han, 2014). Han detecta así el mismo movimiento que hemos trazado hasta ahora, por el cual el sujeto se convierte en objeto a través de su exposición. Un ejemplo paradigmático de esto es el fenómeno del Quantified Self, como “una técnica dadaísta que descompone al yo en datos hasta vaciarlo de sentido” (Han, 2014), ya que esta acumulación de datos remite directamente a una numeración aditiva en la que toda narración está fundamentalmente ausente: “el yo se debe a una narración” (Han, 2014), y lo que ese exponerse cuantificable consigue es, precisamente, la sustitución de la narración de sí mismo por una acumulación que vacía de sentido aquello que debería preservar.
Si la Gestell moderna desocultaba la naturaleza como existencia calculable, reduciéndola a un fondo de reserva disponible para su aprovechamiento –Bestand–, cabe preguntarse qué es lo que desoculta específicamente la Gestell digital a través del Big Data. Las reflexiones de Han apuntan a un desocultamiento distinto en el marco de la psicopolítica: ya no es el de la naturaleza externa, sino el de una interioridad que hasta ahora estaba protegida y sustraída al cálculo: “el Big Data quizá hace legibles aquellos deseos de los que no somos conscientes de forma expresa” (Han, 2014). De este modo estaríamos ante un desocultamiento de material inconsciente, pero ya no sólo el individual sino también el colectivo: “el Big Data podría poner de manifiesto patrones de comportamiento colectivos de los que el individuo no es consciente. De este modo se podría acceder al inconsciente colectivo” (Han, 2014). Frente al desocultamiento heideggeriano de la naturaleza como Bestand calculable, nos encontramos ahora con una Gestell digital que desoculta aquello que ni siquiera el propio sujeto sabía de sí mismo ni de los demás, convirtiendo también lo pulsional y lo inconsciente en un dato material y disponible para que pueda ser explotado económicamente.
Byung-Chul Han y el inconsciente digital
Es interesante acercarnos un poco más al modo en que Han plantea la relación entre Big Data e inconsciente. Al decir que el Big Data “accede” al inconsciente, parece que da a entender que hay un contenido ya oculto, guardado, que el algoritmo viene simplemente a destapar desde fuera. Pero si volvemos a La sociedad del cansancio (2012) vemos cómo Han considera que, en el psicoanálisis freudiano, “el aparato psíquico […] es un aparato represivo lleno de mandatos y prohibiciones” (Han, 2012) y de este modo lo vincula directamente con las sociedades disciplinarias descritas por Foucault. Bajo este esquema, el inconsciente existe porque hay algo que se reprime previamente. Pero la llamada sociedad del rendimiento ya no se organiza en torno a un “debes”, sino en torno a un “puedes”: “el verbo modal que define a la sociedad del rendimiento no es el ‘deber’ freudiano, sino el verbo poder” (Han, 2012) y esto acarrea una reestructuración psíquica interior. ¿En qué consiste esta reestructuración? Han explica que el inconsciente está forzosamente vinculado con la negatividad de la negación y la represión, pero si en la sociedad del rendimiento esta negatividad desaparece, nos encontramos con que el sujeto neoliberal del rendimiento ya no tiene inconsciente y por lo tanto estaríamos ante un “yo posfreudiano” (Han, 2012). Además, este “yo posfreudiano” apenas encuentra resistencias ya que “puede viajar por los espacios virtuales prácticamente sin necesidad del ‘principio de realidad’, que sería el principio de alteridad y la resistencia que esta opone” (Han, 2012).
Con esto, Han parece sugerir que en los entornos digitales nos movemos principalmente siguiendo el ‘principio de placer’, fomentado a través de un diseño muy específico en las plataformas digitales, y por lo tanto habría un predominio de las dinámicas y contenidos que antes podíamos atribuir al sistema inconsciente. En cualquier caso, podemos detectar una leve inconsistencia respecto a sus reflexiones: sin prohibición y sin resistencia –las dos condiciones que hacían falta para que algo se reprimiera y quedara oculto– no hay ya, en sentido estricto, un inconsciente al que “acceder”. Lo que ocurre más bien es que la digitalización, bajo el diseño actual, estimula ese material psíquico a salir de su invisibilidad material para convertirlo en objeto: contenidos que antes permanecían latentes, sin forma, empiezan a circular como datos, rastros, huellas expuestas entre sujetos y ante sujetos, y también entre objetos y ante objetos. Por lo tanto, si seguimos con su argumentación, no estaríamos ante la revelación de algo escondido, sino más bien ante la producción de una nueva forma de exterioridad para lo que antes ni siquiera había una forma.
Crisis de la representación y aniquilación definitiva del sujeto
Quizá este proceso de “des-represión” sea el causante de que, en lo digital, tengamos un predominio de los contenidos más inconscientes y salvajes, consiguiendo cada vez más un ambiente completamente irrespirable. Las afectaciones psíquicas que Han diagnostica se asimilan a la quiebra y eliminación psíquica, e incluso física, del sujeto clásico. Y a ello se suma la llamada crisis de la representación: si el Darstellen originario dejaba aparecer la cosa en su verdad, y el Vorstellen moderno ya la representaba para dominarla ante un sujeto, el Ausstellen simplemente exhibe sin remitir a nada que deba ser representado por un sujeto, e incluso en ocasiones, parece que el papel de representarse algo lo desempeñan funcionalmente los objetos –algoritmos, IAs, Big Data–.
Si atendemos al matiz semántico de cada término –Darstellen: representar, exponer; Vorstellen: representar, imaginar; Ausstellen: exponer, exhibir– también podemos ver un recorrido desde el sujeto donde la representación finalmente desaparece. Una y otra crisis, tanto la ontológica como la epistemológica, remiten a una misma disolución planteada desde dos puntos de vista diferentes.
Pero esa disolución no es un simple cambio de paradigma: es el desgaste irreversible del sujeto moderno, del sujeto jurídico, del sujeto humano, que ya no encuentra en sí mismo el fundamento de su representación ni de su derecho. Y en ese desgaste, el inconsciente —lo que nunca fue representable para el yo— deja de estar oculto para emerger ya no como verdad liberadora, sino como el vacío que ocupaba el lugar del sujeto.
La crisis de la representación culmina así en la escena siniestra de nuestros días que muchos celebran: el sujeto no es representado ni se representa; es exhibido, consumido y aniquilado en la pura exterioridad del Ausstellen, mientras el inconsciente desocultado y cifrado ocupa el trono vacío de la conciencia. Ya no hay sujeto que conozca, ni cosa que aparezca, ni representación que medie: solo queda la exhibición de una subjetividad pulsional y desmembrada, el cadáver del cogito expuesto ante un algoritmo que ni le mira a los ojos.